
Recientemente viajé a Río Lagartos (en Yucatán) con un compañero (y he de decir, nuevo amigo) de la Maestría. Más allá del anecdotario del viaje, que aún con amenaza de lluvia durante todo el trayecto fue algo realmente satisfactorio, ocurrió un detalle que me dejó perplejo (si, con ‘rpl’) y tiene que ver con la relatividad de las cosas.
.Íbamos muy a gusto, escuchando música. Yo previamente hice una selección (depuración pues) precisamente para oír cosas agradables en carretera y que no me saliera (al azar) alguna sorpresita inesperada tipo Napoleón, Leonardo Favio o Tatiana (sí, a todos los tengo en el IPOD y
ya conté el origen de tales inclusiones). Traté de equilibrar un poco la selección a la hora de armarla pues más o menos conocía a mi acompañante y sabía que, de entrada Lila Downs (y todo lo que sonara digamos tradicional, mexicano, folclórico y a trova) tenía que estar.
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Pero se me hacía egoísta tratar solamente de alegrarle el oído a él y decidí meter mis gustos; al menos lo más accesible para un compañero de Maestría, léase Nyman (hay temas excelentes para viaje en carretera), Tiersen o hasta Korzeniowski a quién traigo naturalmente de batalla (Danube, no podía faltar, ¡claro!). La Méndez fue descartada por obvias razones, pues mi cuate si algo tiene es un sentido del humor bastante cáustico que me produciría seguramente tener que justificar mis gustos y sinceramente no le vi el caso (ella es para cuando viajo solo y/o sabiendo de antemano que otras amistades comparten esta afición).
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Así las cosas, me encontré de repente disfrutando a Lila, Caifanes y a Mercedes Sosa que se alternaban peligrosa e incongruentemente con temas en inglés de Coldplay, Depeche Mode y The Killers. También puse agua de mi molino y en plan de relajo le aventé trivias con los primeros segundos de algunas rolas de antología (mientras el manejaba) emergiendo entre carcajadas la tesoro Laura León, Chico Che y su Crisis.
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Pero llegó el turno de Nyman (digo, ya me tocaba algo personal). Todavía recuerdo que le dije: “oye esta maravilla” y le di play a la primera parte del MGV (Musique à Grand Vitesse) que compuso Nyman para el Festival de Lille en Francia (en el 93); entrarle a MGV es entrarle verdaderamente a la velocidad de las cuerdas de Nyman y creí que mi amigo terminaría rendido.
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Pero nada, no le produjo nada.
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Terminó el tema y con un optimismo más receloso, me dije: “Ok, probemos con algo más accesible” y me seguí con Korzeniowski y su ‘Danube’ mientras él se limitaba a imitar gutural y pobremente el sonido repetitivo de tan deliciosa melodía golpeando tenuemente con los dedos el volante y de plano me percaté entonces de que, por ser ‘sólo música’ (instrumental, si pudiese malamente decirse) la experiencia auditiva no estaba al suficiente nivel emocional que los tamborazos de Lila Downs por ejemplo (sin decirlo despectivamente, pues Lila me fascina). De reojo vi el estéreo del auto y sentí tan minimizada toda la orquestación y mi sentimiento que estuve a un paso de subirle más el volumen, voltear a verlo, sacudirlo un poco y decirle: “pero…¿cómo es posible que no te inspire algo tanta grandiosidad?! Damn it!!” (Plaf plaf -Batman dixit)
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Ni modo. Ya me di cuenta que cada quién anda en su rollo, con sus gustos exaltados y sus dioses intocables. Por lo pronto, escuchar a los míos definitivamente tiene que ser en solitario y disfrutarse a niveles inconmensurables sin compañía, a máximo volumen y con los sentidos puestos totalmente en cada instrumento, en cada movimiento y en cada sonido. Con mi compañero de viaje, mejor terminamos cantando al unísono y a todo pulmón “Bella” de Mijares, mientras los tracks de Nyman y compañía, se perdían discretamente en la profunda vastedad de mi reproductor.
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