26 diciembre 2007

Música para estas fechas: Enya y su 'Silent Night'

Nada, que buscando algo con que adornar ‘musicalmente’ la fecha, se me vino a la mente Enya.
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No sé en que ande ahorita esta mujer. Tarda mucho en grabar algo, pero su figura casi siempre emerge con fuerza en estas temporadas. Recuerdo que estaba yo en la Universidad cuando su ‘Orinoco Flow’ me atrapó y desde entonces la he seguido con singular deleite.

Se me hace una artista talentosa, guapa y con un estilo que nadie ha igualado. Su sonido es único y yo no puedo permanecer indiferente ante su voz y el efecto tranquilizador que me provoca.
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A falta de buen funcionamiento del TuneFeed, aquí se las dejo con “Silent Night”.
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25 diciembre 2007

Recuento de daños y aciertos


¿Qué tanto hice este año? Creo que nada relevante, siempre que hacer lo usual no sea relevante. Trabajar, tal vez con menos ánimo que antes pero no por ello en menor cantidad ó calidad. Siempre digo que el esfuerzo se reconoce, tarde o temprano y lo que obtuve, laboralmente hablando, este año…fue en parte debido a esta premisa.
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Año de crecimiento, más personal que de otra índole. Sesiones psicológicas, muchas pláticas con gente que me estima, series de televisión que aunque suene extraño, me hicieron al menos abrir mi panorama mental un poco más. Y en la distancia, el tiempo… Es increíble lo que el tiempo puede hacer a favor (o en contra) según se mire, curando heridas ó al menos disminuyéndolas de profundidad.

Mientras escribo, recuerdo el momento en el que decidí acercarme a pedir ayuda psicológica, que más allá de crisis por depresión fue por tener una plática realmente objetiva con alguien ajeno a todo lo que me ocurría; “cada quién me daba su versión de las cosas de acuerdo a como le ha ido en la feria” y yo ya estaba fastidiado de andar como veleta sin saber bien que hacer ó a quién hacerle caso. El resultado, dentro de lo que cabe, ha sido satisfactorio, aunque siento que ya estoy cumpliendo mi ciclo con mí “doctora” y pronto tendré que decirle adiós.

Me he dado cuenta que me hace bien viajar, distraerme. Sería feliz trepado en un avión en forma continua y en 2007 viajé bastante. Bueno, con decirles que en este momento me encuentro felizmente en Guadalajara, tratando de pasar las fiestas navideñas y de año nuevo con mis dos únicas hermanas. Los tres juntos de nuevo, aunque con los papás a la distancia.

Año de reencuentros, de tranquilidad sentimental, de ver las cosas con otro punto de vista. Año de descubrimientos sexuales, de conocer más aristas en la personalidad de amistades, de rebelarme a cosas que antes no, de ser menor tolerante (mis límites era muy holgados, provocándome insatisfacción), de hacer y decir un poco más lo que realmente siento, pésele a quién sea.

Año de tratar de resolver pendientes tan mínimos pero tan prolongados que ya daba pena, como aprender a bailar, nadar, un curso de fotografía… algo he hecho al respecto y ya estoy planeando seguir con otros; en ese sentido me siento mejor pues me doy cuenta que lo difícil está en decidirse a hacer las cosas y en la constancia y fuerza de voluntad para terminarlas. Ya encarrerado, es fácil.

Año de retomar amistades que a pesar de lo que digan muchos, me hacen bien. Ya entendí que cada uno busca la felicidad de la manera que mejor puede, muchas veces confiando en el instinto, muchas veces siendo cauteloso usando la cabeza; ninguna de las dos asegura el éxito, así que más vale concientizarse de ello y entender que, más allá de darle gusto a todos los demás, quién finalmente permanece solo ó triste, es uno. Y es que a propósito de esto, he entendido que los descalabros que me llevo últimamente, no se comparan a los que sufrí hace casi dos años ni en intensidad ni en efectos y esto es por algo que se llama “madurez” que curiosamente se va adquiriendo en base a eso, descalabros, no por las vivencias de los demás. Ya estoy más calado y la forma de asimilar las cosas son –repito- distintas.

Pero como cada año que termina, mis pendientes vuelven a presentarse. Algunos permanecen intactos desde hace mucho tiempo y es hora de ir trabajando en ellos, poco a poco, sin prisas, ni angustias ó ansiedades. Hay que degustar esos pendientes mientras se realizan, saborearlos con toda la calma del mundo pues no se compite con nadie y esto es parte de nuestro crecimiento.
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Estudiar un posgrado, leer más, ver más cine, convivir más con mis seres queridos, aprender otro idioma, darme en la madre y dejar cargas pesadas atrás que no me permitan avanzar (¿así o más diálogo de película barata?) jaja…

Ya en serio, el ánimo que tengo ahorita es distinto al de hace un año, recapitulo y vuelvo a caer en ‘el tiempo’, que pienso, ha sido uno de mis mejores aliados.

Leo mensajes por ahí ya de felicitación pues recién ocurrió el 1er aniversario de la aparición de este blog, pero mientras preparo tema conmemorativo (que espero postear a tiempo), quiero desearles a todos ustedes, una Feliz Navidad y un gran, en serio, gran Año Nuevo.
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Un fuerte abrazo.

19 diciembre 2007

Polvos de otros Blogs: Six Feet Under

He terminado de ver las 5 temporadas de una serie fabulosa: Six Feet Under. Encuentro tardío pero no por ello menos significativo. Estoy triste, melancólico y con hambre de prolongar un poco más el exquisito sabor de boca que la serie me dejó. Lecciones de vida -pero especialmente de muerte- que me provocaron introspección como muy pocas obras (especialmente de la tele) me han producido. Me siento literalmente devastado emocionalmente pues presencié una belleza de guión, de actuaciones e historias que hoy, para mi, han concluido de manera brillante.
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Y leyendo lo que escribió Hernán Casciari en su blog llamado SPOILER no pude sentirme más identificado. Los que han visto la serie, estarán de acuerdo en todo lo que él señala. Los que no la han visto, de verdad, corran a buscarla...es una experiencia sin par que seguramente los marcará de por vida...y no exagero.
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Lean ustedes con confianza por favor que el buen Hernán no revela -curiosamente- ningún spoiler.

P.D. Extraño a los Fisher.

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Es un buen momento para hablar de Six Feet Under
Hay días tristes en donde ver Six feet Under es una excelente receta para reflexionar sobre aquéllos que nos dejan para siempre.

HERNAN CASCIARI - 20 de julio, 2007
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Hoy tenía pensado escribir un tutorial veraniego, pero un acontecimiento exclusivo de mi nacionalidad (es decir, que no importa demasiado en un medio español) me lleva a estar un poco triste, o más bien, desganado para la broma frívola. Aprovecho, entonces, mi estado de ánimo con nubarrones para conversar con ustedes, por fin, sobre Six Feet Under. Para conversar sobre la muerte.

Claro que escribir sobre Six Feet Under trasciende un poco el plano televisivo. Se trata más bien de hablar sobre una novela filosófica planteada en cinco extensos capítulos audiovisuales. No, no exagero. Cuando recuerdo escenas sueltas de esta serie me ocurre algo novedoso: mi cerebro cree que estoy recordando un libro, no unas imágenes en movimiento. Que estoy recordando un texto inolvidable.

A veces hay aromas tan intensos que parecen sabores. A veces hay amigos que cuentan tan bien un viaje que más tarde, años después, creemos haber estado allí, en ese sitio que nunca hemos pisado. Y también a veces (muy poquitas) hay programas de televisión tan palpables que parecen literatura, que se asemejan al puro y duro texto fatal leído por la noche, con esa hipnosis babeante que te dejan las grandes obras de papel.

Cada capítulo de Six Feet Under comienza con una muerte anónima, singular, precisa y arbitraria. Todas las muertes lo son. Antes de los créditos iniciales, vemos siempre a alguien que está a punto de despedirse de todo lo que conoce. No hay efectismo.

Puede ser una anciana entubada en la cama de un hospital, o la muerte súbita de un bebé de seis días, que ni quiera sabe que está vivo y que se deja llevar sin dolor ni miedo ni recuerdos. O una mujer que decide —en ese segundo de rabia— aplastarle la cabeza a su marido mediocre con una sartén. O un simple resbalón en la ducha. Todas las muertes están llenas de pequeños azares.

Cada uno de estos inicios de capítulo (que nunca duran más de tres minuto) nos acongoja y nos predispone a lo inevitable. Nos ata a la tierra, a la vida nuestra, de la que sabemos muy pocas cosas. Y en los restantes cuarenta minutos la trama te deja con los ojos en blanco.

Six Feet Under es una historia sobre nuestra muerte, la que vendrá, cualquiera sea. Y nos pone el espejo de nuestro futuro en los ojos.

Su creador, Allan Ball, ensaya su propuesta de un modo simple. Nos cuenta la historia de una familia que regentea una funeraria, que se codea con la muerte a diario porque ése es su negocio. Como un panadero amasa su pan por la madrugada, como un carpintero diseña sus mesas, los Fisher maquillan, recomponen y velan a personas que ya no son. Y mientras tanto, les ocurren cosas emparentadas con el amor, la locura y la rutina.

Estas cosas que ocurren en Six Feet Under son pequeñas cosas, nunca grandes epopeyas. La serie está salpicada por silencios y atmósferas, por climas y sobrentendidos. No es una serie que se puede escuchar mientras planchamos la camisa (las hay que sí). Tenemos que estar atentos a los detalles para encontrar la grandeza y la tenacidad del guión. Se trata de un guión paciente, nunca ansioso, que espera agazapado y nos da en la nuca cuando menos lo esperamos. Como la muerte.

No miento si digo (y los lectores que han visto la serie completa me respaldarán) que tras el final de Six Feet Under estuve días enteros como un imbécil, sin poder pensar en otra cosa. Posiblemente es el mejor final que la televisión ha emitido nunca.

La tele (el artefacto 'tele') puede desaparecer del mapa, porque ya ha tenido su broche de oro. Ni siquiera se merecía algo tan digno un aparato que también escupe tele realidad e informativos tendenciosos. Six Feet Under le da a la televisión categoría de teatro griego.

No. No hablaré de cada una de las cinco temporadas, ni de actuaciones maravillosas, ni recomendaré una parte más que otra. Hoy quería hablar sobre la muerte y su desesperante naturalidad. Del poder majestuoso de la muerte. De su desparpajo y su ironía. De cómo baila, cotidiana y ajena, a nuestro alrededor.

Hay días tristes (hoy lo es, para mí y para mis amigos) en donde ver cuatro o cinco capítulos de Six Feet Under puede ser una excelente receta para reflexionar sobre aquéllos que nos dejan para siempre. Sobre lo que siempre será un misterio, hasta el último segundo: la intensidad de nuestra tristeza cuando se apaga un ser querido con el que desayunábamos a diario.

Agradezco tener entre mis dvds semejante antídoto. Ahora mismo, cuando deje de escribir, me iré a ver el último capítulo de la quinta temporada. Porque sé que me sentiré mejor después de hacerlo. A veces un programa de televisión es mucho más que eso. Es una obra de arte, un paliativo, una forma de hundirse en el “goce de estar triste” y pensar, con espanto, en esas frases desgastadas por el uso. Que estamos aquí de paso, que no somos nada, que todos nos encontraremos, más tarde o más temprano, a dos metros bajo tierra.
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